Sin embargo, sería un error creer que ese ha sido el único factor.
También hay que considerar la sensación de inquietud por parte de los sectores más vulnerables de la ciudadanía ante los desafíos y las amenazas de la globalización en general y de la ampliación de la Unión, en lo más próximo.
Ante las incertidumbres, se producen reacciones defensivas, que en muchas ocasiones son orientadas hacia posiciones conservadoras y proteccionistas.
Respecto de los asuntos internos hay que señalar que Chirac y su gobierno no han podido hacerlo peor en los últimos cinco meses. El primer ministro Raffarin puede darse por cesado, pero ha conseguido la indignación de muchos ciudadanos dispuestos a darle una patada en el trasero, en la primera ocasión y esa ha sido el referéndum.
En febrero Raffarin se lanzó a liquidar las leyes que establecían las 35 horas semanales de trabajo. Al mismo tiempo, el Ministro de Finanzas, Gaymard, tuvo que dimitir tras descubrirse que el Estado pagaba una factura mensual de 14.000 € por su lujoso apartamento en París.
Mientras esto sucedía, el paro rebasaba el 10% por primera vez en mucho tiempo. Para acabarlo de arreglar, el Gobierno decidió suprimir unilateralmente la festividad laboral de Pentecostés provocando, a pocos días del referéndum, una amplia huelga, de facto, en muchos sectores.
Para remate, cada intervención de Chirac en la televisión ha servido para ratificar, aun más, su impopularidad y de paso las posiciones del No.
La apertura de las economías ofrece muchas oportunidades, pero competir en ella exige profundas reformas. Ello provoca una fundada inquietud entre muchos trabajadores que ven con preocupación el futuro de los sistemas de protección social y de la calidad de sus empleos.
Esa situación, ha sido aprovechada por una amalgama de fuerzas que incluye a la extrema derecha nacionalista, la derecha euroescéptica, grupos trotskistas, el PCF y un sector del socialismo francés.
La demagogia de lo que podríamos llamar la izquierda conservadora ha sido intensa. Una parte de estos sectores, como el Partido Comunista francés, ya se opusieron a la entrada de España en la Comunidad Europea alegando que provocaría una bajada de los salarios de los trabajadores franceses.
Hoy han agitado el espantajo de los fontaneros polacos, como la gran amenaza.
El problema de fondo es que Europa está perdiendo competitividad frente a Estados Unidos y los gigantes asiáticos.
Para responder a esta situación es inaceptable pretender competir bajando salarios y deteriorando las condiciones sociales.
En 2000 los Jefes de Estado y de Gobierno acordaron una estrategia para convertir Europa en la economía, basada en el conocimiento y las nuevas tecnologías, más competitiva del mundo, que incluye un ambicioso programa de reformas para dinamizar el mercado interior.
El proceso de ratificaciones continuará, pero el tropiezo en Francia dificultará la entrada en vigor de la Constitución y con ello, importantes decisiones a las que Europa ha de enfrentarse si quiere mantener su modelo social y ganar el tren del futuro.
Joan Calabuig Rull
Levante
Comentarios Recientes