Resulta evidente que el proceso de liberalización acordado años antes en la OMC y que ha tenido su momento culminante en 2005, anunciaba un escenario lleno de nuevos riesgos y oportunidades. Las empresas se fueron adaptando a los cambios y, en muchos países, el proceso de reestructuración tuvo el acompañamiento de los gobiernos -especialmente los socialdemócratas- para amortiguar los costes sociales y crear condiciones para consolidar una industria con perspectiva de futuro y adaptada a la nueva realidad de la economía mundial.
Ante los retos de la globalización, el Consejo Europeo de Lisboa celebrado en 2000 planteó que el objetivo estratégico de Europa es “convertirse en la economía basada en el conocimiento más competitiva y dinámica del mundo, capaz de crecer de manera sostenible con más y mejores empleos y con mayor cohesión social”.
Según el último informe de la Comisión sobre el futuro de la industria manufacturera europea no estamos en la mejor situación para hacer frente a la competencia de China, la India y otras zonas emergentes. Señala el ejecutivo comunitario que pese a que existen sectores muy competitivos y de alta tecnología, la mayoría se concentran en segmentos de tecnología media que exigen cualificaciones bajas o intermedias. Se señala que esta situación expone a la Unión Europea a la competencia de los productores de economías emergentes.
Las orientaciones del citado informe apuntan la necesidad de una nueva política industrial. Se trataría de impulsar una competencia basada en la I+D, en la innovación, en la calidad, en el diseño, en nuevos modos de organización de la producción y en la inversión en sectores avanzados y con una mano de obra cualificada. Europa ha hecho una clara apuesta por competir sobre la base de la excelencia y no por precio.
Estamos ante un momento de reestructuración industrial profunda, que tiene y seguirá teniendo importantes consecuencias sociales que habrán de ser abordadas y contar con recursos concretos de todas las administraciones. Este proceso requiere la cooperación entre todos los agentes clave, es decir las instituciones y los interlocutores sociales. Se trata de anticiparse a los cambios, minimizar los daños sociales y aprovechar al máximo las oportunidades.
Este análisis deja en evidencia con claridad donde se encuentran, en gran medida, las raíces de las actuales dificultades para nuestra industrial.
La última década ha sido clave para afrontar la reestructuración de la industria valenciana, sin embargo, el Consell ha ignorado por completo la hoja de ruta que contenía las orientaciones europeas, ha establecido unas prioridades equivocadas, ha generado una enorme deuda y ha despilfarrado los recursos públicos en una gestión incontrolada y en proyectos ruinosos.
El intervencionismo del Consell en muchos campos ha dejado claro que el abandono de nuestra industria no tiene ninguna justificación. La política y la gestión desarrolladas por el PP están muy alejadas de lo que la sociedad valenciana necesita y del camino que Europa ha de recorrer.
Joan Calabuig Rull
El Boletín de Empresas
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