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Europa, crisis y desafios.

Crisis es la palabra que aparece en toda la prensa europea para calificar la situación de la Unión. Tras el resultado de los referendos en Francia y Holanda sobre la Constitución Europea, existe sensación de desorientación. Se ha propuesto abrir una reflexión que debe durar un año pero no hay, por ahora, una solución clara.
La falta de acuerdo en el Consejo Europeo – es decir los Jefes de Estado y de Gobierno – sobre las perspectivas financieras 2007-2013, ha añadido más inquietud a la situación. Estas constituyen el marco presupuestario de la Unión Europea y deben plasmar cuales serán las grandes prioridades y quién y cómo se pagará la ampliación a 25.
El presidente de turno para este semestre, Tony Blair, ha aprovechado esta coyuntura para pedir una revisión profunda de la situación, un debate que según él, no puede esperar a 2013.
Blair ha aceptado que se reduzca el llamado cheque británico, pero ha afirmado que no podemos seguir gastando el 40% del presupuesto comunitario en la Política Agraria Común, que son necesarias políticas de futuro y concretamente más inversión en I+D.
El problema principal es que Europa está quedándose atrás respecto de sus competidores. Tanto los países de las economías emergentes, como los Estados Unidos, nos están ganando la batalla de la sociedad del conocimiento, de las tecnologías de la información y la comunicación y de una globalización de la economía que ha irrumpido con fuerza.
Hoy China y la India, pero también Brasil o Sudáfrica tienen un peso creciente en el comercio internacional y en las decisiones políticas mundiales. Todos ellos, son feroces competidores en un mercado que cada vez tiene menos aduanas, una competencia que se extiende ya a la adquisición de materias primas.
Para responder a estos desafíos, tenemos que dar un salto en Investigación, Desarrollo e Innovación. Los objetivos fijados por la UE en este tema contemplan que antes del 2010 se deberá alcanzar el 3% del PIB en I+D+i, lo que supone un enorme crecimiento del gasto y la necesidad de promover 700.000 nuevas plazas de investigadores en el continente.
Europa invierte en I+D un 38% menos que Estados Unidos, un desequilibrio que fundamentalmente se produce en el sector privado. En sectores como el farmacéutico la diferencia en esta materia llega a ser del doble.
Además, muchos investigadores formados en Europa acaban viviendo en USA. Una reciente encuesta indicaba que de los 15.000 europeos que hicieron un doctorado en EE.UU, 11.000 aspiraban a quedarse allí a trabajar.
En el desarrollo y producción de nuevas Tecnologías de la Información y de la Comunicación, así como en su aplicación en los sectores potencialmente usuarios – que son casi todos – estamos también por detrás de nuestros competidores.
Sin embargo, las TIC están trasformando ya nuestra sociedad. Ello conlleva la necesidad imperiosa de nuevos perfiles laborales y un constante proceso de adaptación y de formación para trabajadores y empresarios.
Si queremos seguir siendo competitivos en el mundo actual, necesitamos dar respuestas acertadas, rápidas y flexibles. Eso incluye a los trabajadores, a los empresarios y a las administraciones públicas. Eso es justamente lo que plantea Blair, y el Gobierno español ha señalado que sus propuestas merecen ser discutidas. Las posiciones están más cerca de lo que parecería a priori.
Pero el modelo social europeo, con las actualizaciones necesarias, es una exigencia irrenunciable. Países europeos como Finlandia o Suecia nos indican el camino a seguir. Estos países, están en lo más alto de la competitividad mundial, son pioneras en I+D, en tecnologías de la información y la comunicación y tienen, al mismo tiempo, salarios elevados, participación de los trabajadores a la hora de anticiparse a los cambios y un potente Estado de bienestar.
Si Europa quiere competir con bajos salarios o menos protección social está abocada al fracaso –siempre habrá alguien más pobre – y además los ciudadanos no van a permitir una competición a la baja que acabaría destruyendo nuestra sociedad.
En los países del No, Francia y Holanda -y también en España y otros países- hay que escuchar y ofrecer respuestas a muchas personas que se sienten amenazadas por las deslocalizaciones de empresas, la inseguridad en el empleo y la reducción de sus derechos sociales.
Los problemas que les inquietan ya no tienen, en el mundo de hoy, una respuesta en el ámbito de un solo país. Por eso impulsamos el proyecto europeo y por eso se propuso una Constitución que hoy permanece en el limbo.
Si queremos progresar y responder a los desafíos de la globalización, salvaguardar nuestra seguridad y proteger el medio ambiente necesitamos de Europa, de una Europa más fuerte, más solidaria y con más capacidad de actuar en el mundo desde sus valores y objetivos.

Joan Calabuig Rull

Empresa y Finanzas

REFLEXIONES TRAS EL NO FRANCÉS.

Lo primero que habría que preguntarse es qué ha sucedido para que en Francia haya ganado el No cuando a principios de 2005 las encuestas indicaban un apoyo al tratado constitucional que superaba el 65%, cuando la Constitución tiene una profunda influencia francesa y cuando la convención que la redactó aprobó el texto con el apoyo del 90% de los participantes.Es evidente que los asuntos internos franceses han tenido un peso determinante en el resultado y han inclinado la balanza.
Sin embargo, sería un error creer que ese ha sido el único factor.
También hay que considerar la sensación de inquietud por parte de los sectores más vulnerables de la ciudadanía ante los desafíos y las amenazas de la globalización en general y de la ampliación de la Unión, en lo más próximo.
Ante las incertidumbres, se producen reacciones defensivas, que en muchas ocasiones son orientadas hacia posiciones conservadoras y proteccionistas.
Respecto de los asuntos internos hay que señalar que Chirac y su gobierno no han podido hacerlo peor en los últimos cinco meses. El primer ministro Raffarin puede darse por cesado, pero ha conseguido la indignación de muchos ciudadanos dispuestos a darle una patada en el trasero, en la primera ocasión y esa ha sido el referéndum.
En febrero Raffarin se lanzó a liquidar las leyes que establecían las 35 horas semanales de trabajo. Al mismo tiempo, el Ministro de Finanzas, Gaymard, tuvo que dimitir tras descubrirse que el Estado pagaba una factura mensual de 14.000 € por su lujoso apartamento en París.
Mientras esto sucedía, el paro rebasaba el 10% por primera vez en mucho tiempo. Para acabarlo de arreglar, el Gobierno decidió suprimir unilateralmente la festividad laboral de Pentecostés provocando, a pocos días del referéndum, una amplia huelga, de facto, en muchos sectores.
Para remate, cada intervención de Chirac en la televisión ha servido para ratificar, aun más, su impopularidad y de paso las posiciones del No.
La apertura de las economías ofrece muchas oportunidades, pero competir en ella exige profundas reformas. Ello provoca una fundada inquietud entre muchos trabajadores que ven con preocupación el futuro de los sistemas de protección social y de la calidad de sus empleos.
Esa situación, ha sido aprovechada por una amalgama de fuerzas que incluye a la extrema derecha nacionalista, la derecha euroescéptica, grupos trotskistas, el PCF y un sector del socialismo francés.

La demagogia de lo que podríamos llamar la izquierda conservadora ha sido intensa. Una parte de estos sectores, como el Partido Comunista francés, ya se opusieron a la entrada de España en la Comunidad Europea alegando que provocaría una bajada de los salarios de los trabajadores franceses.
Hoy han agitado el espantajo de los fontaneros polacos, como la gran amenaza.
El problema de fondo es que Europa está perdiendo competitividad frente a Estados Unidos y los gigantes asiáticos.
Para responder a esta situación es inaceptable pretender competir bajando salarios y deteriorando las condiciones sociales.
En 2000 los Jefes de Estado y de Gobierno acordaron una estrategia para convertir Europa en la economía, basada en el conocimiento y las nuevas tecnologías, más competitiva del mundo, que incluye un ambicioso programa de reformas para dinamizar el mercado interior.
El proceso de ratificaciones continuará, pero el tropiezo en Francia dificultará la entrada en vigor de la Constitución y con ello, importantes decisiones a las que Europa ha de enfrentarse si quiere mantener su modelo social y ganar el tren del futuro.

Joan Calabuig Rull

Levante

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